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“Vivir del agua” es la muestra del Teatro de Cesaragusta en la que los aguadores son los protagonistas

Aguador de la Fuente de la Princesa
Aguador de la Fuente de la Princesa

La inauguración de la exposición “Vivir del agua” tendrá lugar el día 15 de julio, en el Museo del Teatro de Caesaraugusta. La muestra, que permanecerá hasta el mes de diciembre, se centra en la figura del aguador -azacán- y su trabajo diario, a través de la presencia de un cántaro, tinajas y paneles informativos.

La tarea fundamental de un azacán (o aguador) fue el reparto de agua por las casas de la ciudad. Esta actividad se concebía como un servicio público, y como tal se encontraba reglamentado en prácticamente todas sus facetas. La recogida de agua se podía efectuar en el Ebro y en el Gállego «por su mayor limpieza, más delgada y batida», pero nunca en la Huerva «por ser más salobre». En cualquier caso, la recogida debía efectuarse con limpieza. Ya desde el siglo XVI se documentan pregones para evitar suciedad en la orilla. En 1785 se reserva a tal efecto la zona del arco del Sarrial (salida de la actual calle de los Aguadores), aguas arriba de la zona de lavanderas. Y en 1794 se recomienda recoger más agua en épocas de estiaje por ser más clara, la utilización de bancadas largas para adentrarse en la corriente, o no entrar en el río con los burros de carga. Tras la proliferación de las fuentes públicas en el último tercio del siglo XIX, a los aguadores se les limitó su aprovechamiento a determinados caños de la Fuente de la Princesa.

En cada carga, los azacanes llevaban hasta seis cántaros que disponían sobre un solo burro. Con él recorrían la ciudad acudiendo primero a los servicios fijos y voceando luego la carga, «a la grita». El precio del cántaro variaba en cada parroquia según su cercanía al río, oscilando, en el año 1661, desde los tres dineros en la Seo hasta los siete en Santa Engracia. La aparición de las fuentes públicas y la generalización del uso de carros y cubas en las cargas anuló este sistema de tarifas, pero continuó cobrándose más cara el agua que debía subirse por encima de un segundo piso.

El gremio de aguadores disponía además de permiso para la venta de aguas compuestas (de nieve, de cebada, de horchata de chufas, sorbetes) como se llamaba a las bebidas, por lo general refrescantes, fabricadas con una base de agua. Por otra parte también tenían la obligación de proceder periódicamente al riego de espacios urbanos como el puente de tablas o el salón de Santa Engracia y, sobre todo, a proveer agua para la extinción de incendios. Todos los azacanes debían guardar la última carga del día en sus casas por si resultaba útil en alguna quema. La alarma del incendio la transmitían las campanas de la Torre Nueva, asociándose el número de tañidos a cada una de las parroquias de la ciudad; ningún aguador faltaba a la quema de su zona, pues se estableció un sistema por el cual los primeros en acudir recibían un premio que debían abonar los últimos.

Durante la segunda mitad del siglo XVIII, el gremio de aguadores en Zaragoza lo formaban más de cien azacanes. Este número se redujo drásticamente a finales del siglo XIX con la proliferación de fuentes públicas. Las nuevas infraestructuras hidráulicas de las primeras décadas del siglo XX terminaron definitivamente con la necesidad de acarrear agua casa por casa; las cubas y las tinajas se arrinconaron, mientras los carros se reutilizaron para el transporte de otras mercancías. El agua ya no daba para vivir.

A las páginas de un ejemplar de Heraldo de Aragón de 1933 se asoman los dos últimos aguadores que ejercieron en la ciudad vendiendo la siempre más valorada agua del Gállego, o acercando las últimas cargas a obras como las del paso a nivel, donde aún no alcanzaban las tuberías. Consiguen con su testimonio transmitir la dureza del esfuerzo por una ajustada recompensa, un vislumbre del cansancio de cientos de azacanes durante siglos, y también la dignidad de un oficio que se sabe del pasado. Uno de ellos, interrogado por la progresiva desaparición de las fuentes públicas responde «con las fuentes nos vamos yendo nosotros también».

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