Dios prefiere a la gente corriente, por eso ha hecho tanta. (Abraham Lincoln)

Basta acercarse a la Estación Intermodal de Zaragoza para corroborar que en pleno siglo XXI las diferencias sociales siguen constituyendo un abismo insalvable para la mayoría. La misma infraestructura alberga la terminal de autobuses, es decir, la de los pobres (“antes salías con 5.000 pesetas y te daban para una semana. Ahora con 50 euros en el bolsillo no haces la compra ni para un día…”); y la de tren, o sea, la de los ricos (“un momento, Borja, que lo consulto con la agenda… Me apunto en la blackberry que nos vemos el jueves”).

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Suelo viajar a menudo a Madrid (cosas de las relaciones a distancia, snif, snif…) y lo hago la gran mayoría de las veces en autobús porque me ahorro 50 de los 70 euros –que se dice pronto– que me cuesta el billete de AVE. No obstante, fue un viaje a Cariñena, en época de vendimia, el que me permitió ver más claramente el contraste deprimente entre una estación y otra.

A esas horas en las que todavía no han puesto las calles bajaba con mi mochila al hombro por las escaleras mecánicas que comunican la reluciente estación de trenes con la de autobuses y me venía a la cabeza aquello de que ya en la imaginería mitológica el cielo está arriba y el infierno está abajo…

En las cutre-salas de espera de la estación decenas de inmigrantes aguardaban, apurando el sueño en los incómodos asientos, la llegada del autobús que debía llevarlos, una jornada más, a los viñedos y a la agotadora rutina del trabajo en el campo. Uno de aquellos extranjeros, de origen africano, dormía tumbado en el suelo –parecía no haberlo hecho durante días–, con la cabeza apoyada sobre su hato. Lo hizo hasta el que un segurata interrumpió su sueño y le invitó a levantarse –procuro ser eufemística–. Sólo le molestaba a él…

En la estación de tren el viajero dispone de una cafetería elegante, tiendas de souvenirs y delicatessen, salas climatizadas, amables azafatas… En la de autobuses, mucho más oscura y concurrida, el bar oferta un menú “bocadillo + refresco” a cuatro euros. Sentados la mayoría sobre sus maletas, aguardan los inmigrantes que se matan a trabajar para enviar dinero a sus familias, los estudiantes que regresan a sus hogares los fines de semana para estar cerca de los suyos, los ancianos que no se acostumbran a vivir en la ciudad y se acercan de vez en cuando a la casa del pueblo “a dar vuelta” o los “mileuristas” como yo que nos fundimos el sueldo en billetes de autobús porque un buen día decidimos dejarnos el corazón en otra ciudad.

Es el consuelo que nos queda… Como me dijo una vez uno de los mejores profesores de historia que he conocido: “el amor es patrimonio de los pobres”.

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